Estaba leyendo ‘Viaje en autobús’ de Pla y por una cosa y otra también decidí tomar un bus desde Madrid. Los autobuses de Pla son lentos y algo renqueantes. Los viajes que narra son en los años 40, y a veces el autobús para en medio de la carretera a esperar un cántaro de leche que traen desde una masía. El tiempo del autobús le da para hablar de muchas cosas: del paisaje, sobre todo, de los tipos que encuentra, del relojero de un pueblo que compone sardanas; también refunfuña del país, de las fondas, el frío y los casinos de pueblo. De pronto, cuando describe un campo de habas cita a Leopardi, o confiesa que lleva un libro de Spinoza en el bolsillo. El Pla viajero es además un gran conversador. Mi autobús provinciano tenía algo del de Pla, 80 años después. Mientras en la estación no paraban de salir vehículos hacia todas partes, el nuestro se hizo esperar media hora, sin que nadie osara protestar. Luego salió de Madrid, un poco agazapado por las enormes autopistas y pareció respirar un poco al atravesar Guadarrama y entrar en la dilatada meseta salpicada de grandes piedras redondas de granito. Pla conversa mucho en el bus, pero eso se ha vuelto difícil. Hoy en el bus o en tren se enfrasca cada uno en su móvil, se entablan conversaciones con gente lejana, pero no con el vecino. A veces una llamada despierta a los que van dormidos, que enseguida consultan algo en su aparato. En el tiempo que tardamos en subir al autobús yo fui el único que permaneció observando algo fuera de la pantalla. Cada vez estamos más en un mundo virtual, es decir, falso y no en el real. Stephen Hawking, que fue un gran visionario, como se comprueba hoy, temía que nuestra estupidez acabara un día no muy lejano con la tierra, fruto de algún desastre nuclear o alguna pandemia provocada. Pensaba que la humanidad debería pensar ya en emigrar a otro planeta. Da escalofríos. Tampoco se fiaba mucho de esta tecnología que, advirtió, nos anula, nos vuelve autistas y un día se volverá contra nosotros. Llegamos. Que triste es una estación en la que no nos espera nadie.